El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —¡Caramba! —dijo Holmes—, parece un hombre tranquilo y de buenas costumbres, pero me atrevo a decir que habÃa en sus ojos un demonio escondido. Me lo habÃa imaginado como una persona más robusta y de aire más rufianesco.
—No hay la menor duda sobre su autenticidad, porque por detrás del lienzo se indican el nombre y la fecha, 1647.
Holmes no dijo apenas nada más, pero el retrato del juerguista de otros tiempos parecÃa fascinarle, y no apartó los ojos de él durante el resto de la comida. Tan sólo más tarde, cuando Sir Henry se hubo retirado a su habitación, pude seguir el hilo de sus pensamientos. Holmes me llevó de nuevo al refectorio y alzó la vela que llevaba en la mano para iluminar aquel retrato manchado por el paso del tiempo.
—¿Ve usted algo especial?
Contemplé el ancho sombrero adornado con una pluma, los largos rizos que caÃan sobre las sienes, el cuello blanco de encaje y las facciones austeras y serias que quedaban enmarcadas por todo el conjunto. No era un semblante brutal, sino remilgado, duro y severo, con una boca firme de labios muy delgados y ojos frÃos e intolerantes.
—¿Se parece a alguien que usted conozca?
—Hay algo de Sir Henry en la mandÃbula.