El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —En ese caso volveremos a reunirnos a las dos. ¡Hasta luego y buenos dÃas!
OÃmos los pasos de nuestros visitantes en la escalera y el ruido de la puerta de la calle al cerrarse. En un instante Holmes habÃa dejado de ser el soñador lánguido para transformarse en el hombre de acción.
—¡Enseguida, Watson, póngase el sombrero y las botas! ¡Ni un momento que perder! —Holmes se dirigió a toda prisa hacia su cuarto para quitarse la bata y regresó a los pocos segundos con la levita puesta.
Descendimos apresuradamente las escaleras y salimos a la calle. El doctor Mortimer y Baskerville eran todavÃa visibles a unos doscientos metros por delante de nosotros en dirección a Oxford Street.
—¿Quiere que corra y los alcance?
—Ni por lo más remoto, mi querido Watson. Su compañÃa me satisface plenamente, si a usted no le desagrada la mÃa. Nuestros amigos han acertado, porque sin duda es una mañana muy adecuada para pasear.

Sherlock Holmes aceleró la marcha hasta que la distancia que nos separaba quedó reducida a la mitad.