El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —¿Color de los ojos?
—No; eso no lo sé.
—¿No recuerda usted nada más?
—No, señor; nada más.
—Bien; en ese caso aquà tiene su medio soberano. Hay otro esperándole si me trae alguna información más.
¡Buenas noches!
—Buenas noches, señor, y ¡muchas gracias!
John Clayton se marchó riendo entre dientes y Holmes se volvió hacia mà con un encogimiento de hombros y una sonrisa de tristeza.
—Se ha roto nuestro tercer cabo y hemos terminado donde empezamos —dijo—. Ese astuto granuja sabÃa el número de nuestra casa, sabÃa que Sir Henry Baskerville habÃa venido a verme, me reconoció en Regent Street, supuso que me habÃa fijado en el número del cabriolé y que acabarÃa por localizar al cochero, y decidió enviarme ese mensaje impertinente. Se lo aseguro, Watson, esta vez nos hemos tropezado con un adversario digno de nuestro acero. Me han dado jaque mate en Londres. Sólo me cabe desearle que tenga usted mejor suerte en Devonshire. Pero reconozco que no estoy tranquilo.
—¿No está tranquilo?