El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —Bueno, eso no lo sé con certeza, pero asegurarÃa que mi cliente conocÃa muy bien el sitio. Nos detuvimos a cierta distancia y esperamos durante hora y media. Luego los dos caballeros pasaron a nuestro lado a pie y los fuimos siguiendo por Baker Street y a lo largo de…
—Eso ya lo sé —dijo Holmes.
—Hasta recorrer las tres cuartas partes de Regent Street. Entonces mi cliente levantó la trampilla y gritó que me dirigiera a la estación de Waterloo lo más deprisa que pudiera. Fustigué a la yegua y llegamos en menos de diez minutos. Después me pagó las dos guineas, como habÃa prometido, y entró en la estación. Pero en el momento de marcharse se dio la vuelta y dijo: «Quizá le interese saber que ha estado llevando al señor Sherlock Holmes». De esa manera supe cómo se llamaba.
—Entiendo. ¿Y ya no volvió a verlo?
—No, una vez que entró en la estación.
—Y, ¿cómo describirÃa usted al señor Sherlock Holmes?
El cochero se rascó la cabeza.
—Bueno, a decir verdad no era un caballero fácil de describir. Unos cuarenta años de edad y estatura media, cuatro o seis centÃmetros más bajo que usted. Iba vestido como un dandi, llevaba barba, muy negra, cortada en recto por abajo, y tenÃa la tez pálida. Me parece que eso es todo lo que recuerdo.