El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —¿Dijo algo más?
—Me dijo cómo se llamaba.
Holmes me lanzó una rápida mirada de triunfo.
—¿De manera que le dijo cómo se llamaba? Eso fue una imprudencia. Y, ¿cuál era su nombre?
—Dijo llamarse Sherlock Holmes.
Nunca he visto a mi amigo tan sorprendido como ante la respuesta del cochero. Por un instante el asombro le dejó sin palabras. Luego lanzó una carcajada:
—¡Tocado, Watson! ¡Tocado, sin duda! —dijo—. Advierto la presencia de un florete tan rápido y flexible como el mío. En esta ocasión ha conseguido un blanco excelente. De manera que se llamaba Sherlock Holmes, ¿no es eso?
—Sí, señor, eso me dijo.
—¡Magnífico! Cuénteme dónde lo recogió y todo lo que pasó.
—Me paró a las nueve y media en Trafalgar Square. Dijo que era detective y me ofreció dos guineas si seguía exactamente sus instrucciones durante todo el día y no hacía preguntas. Acepté con mucho gusto. Primero nos dirigimos al hotel Northumberland y esperamos allí hasta que salieron dos caballeros y alquilaron un coche de la fila que esperaba delante de la puerta. Lo seguimos hasta que se paró en un sitio cerca de aquí.
—Esta misma puerta —dijo Holmes.