El signo de los cuatro

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Capítulo 10 Cómo pereció el insular de Andaman

Fue una comida muy entretenida. Cuando quería, Holmes podía ser un magnífico conversador, y aquella noche estaba bien dispuesto. Parecía encontrarse en un estado de exaltación nerviosa. Jamás lo he visto tan brillante. Habló sobre una rápida sucesión de temas: autos sacramentales, cerámica medieval, violines Stradivarius, el budismo en Ceylán, los barcos de guerra del futuro… , tratando cada tema como si lo hubiera estudiado a fondo. Su buen humor indicaba que había superado la negra depresión de los días anteriores. Athelney Jones resultó ser un tipo muy sociable en sus horas de relajación y atacó la cena con el aire de un bon vivant. Yo, por mi parte, me sentía excitadísimo al pensar que nos acercábamos al final de nuestra empresa y se me contagió parte de la alegría de Holmes. Ninguno de los tres hizo la menor alusión durante la cena a la causa que nos había reunido.

Una vez retirado el mantel, Holmes consultó su reloj y llenó tres vasos de oporto.

––Levantemos la copa por el éxito de nuestra pequeña expedición ––dijo––. Y ahora, ha llegado el momento de ponerse en marcha. ¿Tiene usted pistola, Watson?

––Tengo mi viejo revólver del ejército en el escritorio.


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