El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Fue una comida muy entretenida. Cuando querÃa, Holmes podÃa ser un magnÃfico conversador, y aquella noche estaba bien dispuesto. ParecÃa encontrarse en un estado de exaltación nerviosa. Jamás lo he visto tan brillante. Habló sobre una rápida sucesión de temas: autos sacramentales, cerámica medieval, violines Stradivarius, el budismo en Ceylán, los barcos de guerra del futuro… , tratando cada tema como si lo hubiera estudiado a fondo. Su buen humor indicaba que habÃa superado la negra depresión de los dÃas anteriores. Athelney Jones resultó ser un tipo muy sociable en sus horas de relajación y atacó la cena con el aire de un bon vivant. Yo, por mi parte, me sentÃa excitadÃsimo al pensar que nos acercábamos al final de nuestra empresa y se me contagió parte de la alegrÃa de Holmes. Ninguno de los tres hizo la menor alusión durante la cena a la causa que nos habÃa reunido.
Una vez retirado el mantel, Holmes consultó su reloj y llenó tres vasos de oporto.
––Levantemos la copa por el éxito de nuestra pequeña expedición ––dijo––. Y ahora, ha llegado el momento de ponerse en marcha. ¿Tiene usted pistola, Watson?
––Tengo mi viejo revólver del ejército en el escritorio.
