El signo de los cuatro
El signo de los cuatro En aquel mismo instante, el hombre de la pata de palo se lanzó sobre el timón y dio un brusco giro al mismo, dirigiendo la lancha hacia la orilla sur, mientras nosotros pasábamos rozando su popa, a unos pocos pies de distancia. Sólo tardamos unos segundos en virar tras él, pero para entonces ya casi había llegado a la orilla. Era un lugar salvaje y desolado: la luz de la luna iluminaba una amplia extensión de marisma, con charcas de agua estancada y masas de vegetación en descomposición. Con un golpe seco, la lancha encalló en un banco de fango, quedando con la proa al aire y la popa al nivel del agua. El fugitivo saltó a tierra, pero su pata de palo se hundió por completo en el suelo enfangado. Todos sus esfuerzos y contorsiones fueron en vano: le resultaba imposible dar un paso, ni hacia delante ni hacia atrás.