El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Casi nunca entro en contacto con la masa vulgar. Vivo, como usted ve, rodeado de una cierta atmósfera de elegancia. PodrÃamos decir que soy un mecenas de las artes. Son mi debilidad. Ese paisaje es un auténtico Corot y, aunque un entendido podrÃa sentir ciertas dudas acerca de ese Salvatore Rosa, con este Bouguereau no puede caber la menor duda. Me encanta la escuela francesa moderna.
––Perdone usted, señor Sholto ––dijo la señorita Morstan––, pero he venido aquà a petición suya para enterarme de algo que usted desea contarme. Es ya muy tarde y me gustarÃa que la entrevista fuera lo más breve posible.
––En el mejor de los casos, creo que nos tomará algún tiempo ––respondió él––. Porque, naturalmente, tendremos que ir a Norwood a ver a mi hermano Bartholomew. Podemos ir todos y trataremos de convencerlo. Está muy enfadado conmigo por haber tomado la iniciativa que me parecÃa justa. Anoche tuvimos unas palabras bastante fuertes. No pueden imaginar lo terrible que se pone cuando está furioso.
––Si vamos a ir a Norwood, tal vez convendrÃa salir ya ––me atrevà a sugerir.
Sholto se echó a reÃr hasta que las orejas se le pusieron completamente rojas.