El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Eran casi las once de la noche cuando llegamos a esta etapa final de nuestra aventura nocturna. HabÃamos dejado atrás la niebla húmeda de la ciudad y hacÃa bastante buena noche. Soplaba un viento cálido del Oeste, y por el cielo se desplazaban densas nubes, entre cuyas aberturas asomaba de vez en cuando la media luna. HabÃa bastante claridad como para ver a cierta distancia, pero Thaddeus Sholto descolgó uno de los faroles laterales del carruaje para iluminar mejor nuestro camino.
El Pabellón Pondicherry se alzaba en terreno propio, rodeado por una tapia de piedra muy alta y rematada con cristales rotos. La única vÃa de entrada era una puerta estrecha con refuerzos de hierro. Nuestro guÃa llamó a esta puerta con un tÃpico toc––toc como el de los carteros.
––¿Quién es? ––gritó desde dentro una voz ronca.
––Soy yo, McMurdo. Ya deberÃas conocer mi llamada.
OÃmos una especie de gruñido y el tintineo y rechinar de llaves. La puerta se abrió con dificultad hacia dentro y un hombre bajo y ancho de pecho apareció en el hueco; la luz amarillenta del farol caÃa sobre su rostro de facciones prominentes, haciéndole guiñar los ojos desconfiados.
