El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Los policÃas habÃan llegado en coche, y en ese coche acompañé a su casa a la señorita Morstan. Con un estilo angelical tÃpicamente femenino, habÃa sobrellevado los malos momentos con expresión serena mientras hubo alguien más débil que ella a quien consolar, y yo la habÃa visto animada y tranquila al lado de la aterrada ama de llaves. Sin embargo, en el coche estuvo primero a punto de desmayarse y luego estalló en llantos apasionados, de tanto que la habÃan afectado las aventuras de aquella noche.
Tiempo después me confesó que durante aquel trayecto yo le habÃa parecido frÃo y distante. Poco sospechaba la lucha que tenÃa lugar en mi pecho y el esfuerzo que tuve que hacer para contener mis impulsos. Estaba dispuesto a ofrecerle todas mis simpatÃas y mi amor, como le habÃa ofrecido la mano en el jardÃn.
