El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes El aludido habÃa permanecido callado todo este tiempo, pero yo me habÃa fijado en que su excitación, aunque más controlada, era aún más intensa que la emoción del clérigo, a quien el asunto no afectaba personalmente. Estaba sentado con el rostro pálido y contraÃdo, clavando en Holmes su mirada ansiosa, y con sus delgadas manos entrelazadas en un gesto nervioso. Sus pálidos labios temblaban mientras escuchaba el relato del espantoso suceso ocurrido a su familia, y sus ojos oscuros parecÃan reflejar parte del horror de la escena.
—Pregunte lo que quiera, señor Holmes —dijo con convicción—. No resulta agradable hablar de ello, pero le responderé la verdad.
—Hábleme de lo que hicieron anoche.
—Pues bien, señor Holmes, cené allÃ, como ha dicho el vicario, y mi hermano mayor, George, propuso que jugáramos al whist después de cenar. La partida comenzó a eso de las nueve. Cuando me levanté para irme, eran las diez y cuarto. Los dejé sentados a la mesa, tan alegres como el que más.
—¿Quién le acompañó a la puerta?