El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Subimos las escaleras y vimos el cadáver. La señorita Brenda Tregennis habÃa sido muy hermosa de joven, aunque ahora rondaba ya la madurez. Su rostro, moreno y bien perfilado, era bello incluso después de la muerte, pero todavÃa conservaba parte de aquella convulsión de horror que habÃa sido su última emoción. Salimos de su dormitorio y bajamos al comedor, donde habÃa ocurrido aquella extraña tragedia. En la chimenea se veÃan las cenizas calcinadas del fuego de la noche anterior. Sobre la mesa habÃa cuatro candeleras con las velas consumidas y un montón de cartas desparramadas. Las sillas se habÃan retirado, arrimándolas a las paredes, pero todo lo demás estaba igual que la noche anterior. Holmes recorrió la habitación con paso rápido y ligero; se sentó en todas las sillas, acercándolas a la mesa y reconstruyendo sus posiciones; comprobó cuánta extensión del jardÃn se veÃa por la ventana; inspeccionó el suelo, el techo y la chimenea. Pero ni una sola vez llegué a ver ese súbito brillo en los ojos y ese apretón de los labios que me habrÃan indicado que vislumbraba algún rayo de luz en aquellas tinieblas absolutas.
—¿Por qué encendieron el fuego? —preguntó en cierto momento—. ¿Siempre encendÃan la chimenea de esta pequeña habitación las noches de primavera?
Mortimer Tregennis explicó que la noche era frÃa y húmeda, y que por eso, después de llegar él, habÃan encendido el fuego.