El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Era una vivienda grande y alegre, que tenía más de mansión que de casa de campo, con un extenso jardín que, gracias al clima de Cornualles, estaba ya repleto de flores de primavera. A este jardín daba la ventana del comedor, y por él, según Mortimer Tregennis, debió llegar aquel ente maligno que, en un solo instante, había causado tal espanto a sus hermanos destrozándoles por completo el cerebro. Antes de entrar en el porche, Holmes estuvo caminando, lenta y pensativamente, por el sendero y entre las macetas de flores. Recuerdo que iba tan absorto en sus pensamientos que tropezó con la regadera, volcando su contenido y empapando nuestros pies y el sendero del jardín. En el interior de la casa nos recibió la anciana ama de llaves, la señora Porter, que, con ayuda de una muchacha, atendía las necesidades de la familia. Respondió sin vacilar a las preguntas de Holmes. No había oído nada en toda la noche. Sus patrones habían estado todos de muy buen humor últimamente, y nunca los había visto tan animados y tan prósperos. Se había desmayado de espanto al entrar en la habitación por la mañana y contemplar aquella macabra reunión en torno a la mesa. Al recuperarse, había abierto la ventana para dejar entrar el aire matutino y había salido corriendo hasta el camino, donde encontró a un mozo de una granja, al que envió a avisar al doctor. La señora estaba en su cama, en el piso de arriba, si es que queríamos verla. Habían hecho falta cuatro hombres fuertes para introducir a los hermanos en el furgón del manicomio. No pensaba quedarse ni un día más en la casa, y aquella misma tarde se marchaba a Saint Ivés a reunirse con su familia.