El ultimo saludo de Sherlock Holmes

El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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No tuvimos que esperar mucho. Apenas me había instalado en mi asiento cuando empecé a sentir un olor espeso y almizcleño, sutil y nauseabundo. En cuanto aspiré la primera bocanada, perdí por completo el control de mi cerebro y de mi imaginación. Una nube negra empezó a girar ante mis ojos, y algo me dijo que dentro de aquella nube, todavía invisible, pero a punto de saltar sobre mis espantados sentidos, se ocultaba todo lo indescriptiblemente horrible, todo lo monstruoso e inconcebiblemente maligno que existe en el universo. En el seno de la oscura nube flotaban y remolineaban formas confusas, cada una de las cuales constituía una amenaza y un aviso de algo que estaba al llegar, un anuncio de la inminente presencia de algún innombrable morador de las tinieblas, cuya simple sombra podía hacer estallar mi mente. Un terror paralizante se apoderó de mí. Sentí que se me ponía el pelo de punta, que se me desorbitaban los ojos, que se me abría la boca y que tenía la lengua como si fuera de cuero. Había tal torbellino dentro de mi cabeza que algo tenía que romperse de un momento a otro. Intenté gritar, y tuve la vaga conciencia de un áspero croar, que era mi propia voz, pero lejana y separada de mí mismo. En aquel instante, haciendo esfuerzos por escapar, capté una fugaz visión del rostro de Holmes, blanco, rígido y deformado por el terror…, exactamente con la misma expresión que habíamos visto en los rostros de los muertos. Aquella visión me proporcionó un instante de cordura y de fuerza. Salté de mi asiento, rodeé a Holmes con los brazos, nos arrastramos juntos a través de la puerta y, un momento después, nos dejamos caer sobre el césped y quedamos tumbados uno junto a otro, conscientes tan sólo de la gloriosa luz del sol, que se iba abriendo camino a través de la nube infernal que nos envolvía. Poco a poco, la nube se fue disipando en nuestras almas como se disipa la niebla en el campo, hasta que se restauraron la paz y la razón, y quedamos sentados en la hierba, enjugándonos las sudorosas frentes y mirándonos con aprensión uno a otro, al acecho de los últimos vestigios de aquella terrorífica experiencia que habíamos sufrido.


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