El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes El individuo lanzó un rugido de furia y saltó sobre mí como un tigre. Yo me he defendido muy bien en muchas peleas, pero aquel hombre tenía una garra de hierro y la furia de un demonio. Su mano me apretaba la garganta y yo estaba a punto de perder el conocimiento cuando un obrero francés mal afeitado, con blusa azul, salió disparado del bar de enfrente con una porra en la mano, y le asestó a mi atacante un fuerte golpe en el antebrazo, que le hizo soltar su presa. Se quedó unos momentos ardiendo de rabia, sin decidirse a reanudar su ataque, y por fin, con un gruñido de ira, me dejó y entró en la casita de la que yo acababa de salir.
Me volví para dar las gracias a mi salvador, que había permanecido junto a mí en la calzada.
—¡Caramba, Watson! —dijo el hombre—. ¡Bonito lío ha armado usted! Empiezo a creer que lo mejor que podría hacer sería regresar conmigo a Londres en el expreso de la noche.
Una hora después, Sherlock Holmes estaba sentado en mi habitación del hotel, con su vestimenta y estilo habituales. La explicación que dio de su súbita y oportuna aparición era la sencillez misma: habiendo llegado a la conclusión de que podía ausentarse de Londres, había decidido salirme al encuentro en la que, evidentemente, era la siguiente parada de mi recorrido. Y disfrazado de trabajador, se había sentado en el bar a esperar que yo apareciera.