El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Ah, ya veo que conoce usted toda mi historia. Asà pues, no necesito ocultarle nada. Le juro a usted, señor Holmes, que jamás hubo en el mundo un hombre que amara a una mujer con un amor más ferviente que el que yo sentÃa por Frances. Yo era un joven bastante alocado, lo sé, aunque no peor que otros de mi clase. Pero ella era tan pura como la nieve y no podÃa tolerar ni una sombra de incorrección. Asà que, cuando se enteró de algunas cosas que yo habÃa hecho, no quiso tener más tratos conmigo. Y, sin embargo, ella me amaba. Eso es lo maravilloso del caso. Me amaba lo suficiente como para permanecer soltera toda su santa vida, sólo por mÃ. Pasaron los años, yo hice fortuna en Barberton, y pensé que, si venÃa a buscarla, quizá podrÃa ablandarla. Me habÃa enterado de que seguÃa soltera. La encontré en Lausana, e hice todo lo que pude. Creo que se ablandó, pero tiene mucha fuerza de voluntad y la siguiente vez que fui a visitarla ya se habÃa marchado. Le seguà la pista hasta Baden, y allÃ, al cabo de algún tiempo, me enteré de que su doncella se encontraba aquÃ. Soy un tipo rudo, que ha llevado una vida dura, y cuando el doctor Watson me habló de aquella manera perdà el control por un momento. Pero, por Dios, dÃgame qué le ha ocurrido a lady Frances.
—Eso es lo que tenemos que averiguar —dijo Sherlock Holmes con extraña solemnidad—. ¿Cuál es su dirección en Londres, señor Green?