El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —No puedo decirle gran cosa, señor. Ha estado trabajando en un caso en Rotherhithe, en una callejuela cerca del rÃo, y se trajo de allà la enfermedad. Se metió en la cama el miércoles por la tarde y desde entonces no se ha movido. Durante estos tres dÃas no ha probado bocado ni bebido una gota.
—¡Santo Dios! ¿Por qué no avisó usted a un médico?
—Él no lo consintió, señor. Ya sabe usted lo autoritario que es. No me atrevà a desobedecerle. Pero ya no le queda mucho tiempo en este mundo, como verá usted mismo en cuanto le ponga los ojos encima.
Era, efectivamente, un espectáculo deplorable. En la penumbra de aquel brumoso dÃa de noviembre, la habitación del enfermo ya resultaba de por sà bastante fúnebre, pero lo que me produjo un escalofrÃo en el corazón fue aquel rostro demacrado y macilento que me miraba desde la cama. Sus ojos tenÃan el brillo tÃpico de la fiebre, sus mejillas estaban teñidas de rubor hético, y sus labios, cubiertos de gruesas costras; las delgadas manos temblaban incesantemente sobre la colcha y su voz sonaba cascada y espasmódica. Cuando entré en la habitación se encontraba inmóvil, pero al verme brotó en sus ojos una chispa de reconocimiento.
—Bien, Watson, parece que tenemos un mal dÃa —dijo con voz débil que aún mantenÃa un rastro de su antiguo tono despreocupado.