El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —¡Querido amigo! —exclamé, acercándome a él.
—¡Atrás! ¡Quédese donde está! —dijo en el tono seco e imperioso que hasta entonces yo asociaba sólo con los momentos de crisis—. Si se acerca a mÃ, Watson, ordenaré que le echen de la casa.
—Pero ¿por qué?
—Porque lo digo yo. ¿No le basta con eso?
Desde luego, la señora Hudson tenÃa razón: estaba más autoritario que nunca. Y sin embargo, daba pena verlo tan consumido.
—Sólo pretendÃa ayudar —expliqué.
—Exacto. Y la mejor manera de ayudar es haciendo lo que se le dice.
—Como quiera, Holmes.
De pronto, sus modales se hicieron más suaves.
—¿Se ha enfadado usted? —preguntó, boqueando para tomar aire. ¡Pobre diablo! ¿Cómo me iba a enfadar viéndolo en semejante estado de postración?
—Lo hago por su bien, Watson —carraspeó.
—¿Por mi bien?
—Sé lo que tengo. Es una enfermedad de los culis de Sumatra…, algo que los holandeses conocen mejor que nosotros, aunque hasta ahora no les ha servido de mucho. Sólo una cosa es segura: es mortal de necesidad y terriblemente contagiosa.