El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Hablaba con una energÃa febril, y sus largas manos temblaban y gesticulaban como indicándome que me alejase.
—Contagiosa por contacto, Watson…, eso es, por contacto. Manténgase a distancia y todo irá bien.
—¡Cielo santo, Holmes! ¿Cree usted que eso me va a influir ni por un instante? No me importarÃa aunque se tratase de un desconocido. ¿Cree que me va a impedir cumplir con mi deber, tratándose de un viejo amigo?
Avancé de nuevo, pero él me rechazó con una mirada feroz.
—Si se queda donde está, hablaré con usted. De lo contrario, tendrá que salir de la habitación.
Es tan profundo el respeto que siento por las extraordinarias cualidades de Holmes que siempre me habÃa plegado a sus deseos, aun cuando menos los comprendÃa. Pero en aquel momento, todos mis instintos profesionales se encontraban activados. PodÃa darme órdenes en cualquier otra parte, pero en la habitación de un enfermo era yo quien mandaba.
—Holmes —le dije—, no es usted dueño de sus actos. Un hombre enfermo es como un niño y asà voy a tratarle. Le guste o no le guste, voy a examinar sus sÃntomas y a darle el tratamiento correspondiente.
Él me dirigió una mirada virulenta.
—Si voy a tener un médico, lo quiera o no, al menos que sea uno en el que tenga confianza —dijo.