El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes La luz cayó de lleno sobre el interior de la caja abierta, y el secretario de la embajada contempló con interés absorto las hileras de archivadores llenos de documentos que la ocupaban. Cada archivador tenía un rótulo, y al pasar la mirada por ellos leyó una larga serie de títulos como «Vados», «Defensas portuarias», «Aeroplanos», «Irlanda», «Egipto», «Fortificaciones de Portsmouth», «El Canal», «Rosyth» y muchos más. Todos los compartimientos estaban abarrotados de papeles y planos.
—¡Colosal! —exclamó el secretario, dejando a un lado su cigarro y aplaudiendo suavemente con sus gordinflonas manos.
—Y todo en cuatro años, barón. No está nada mal para un provinciano borrachín y jinete empedernido. Pero la joya de mi colección está al llegar, y ya le tengo preparado su sitio —señaló un espacio que llevaba el rótulo de «Código de señales de la Marina».
—Pero ahí ya tiene una buena cantidad de documentación.
—Toda anticuada e inservible. De alguna manera, el Almirantazgo ha captado la alarma y ha cambiado todos los códigos. Ha sido un mal golpe, barón, el peor contratiempo de toda mi campaña. Pero gracias a mi talonario de cheques y al bueno de Altamont, esta noche se arreglará todo.