El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes El barón consultó su reloj y emitió una exclamación gutural de desencanto.
—Vaya, no puedo quedarme aquí más tiempo. Ya se imaginará usted que ahora mismo hay mucho movimiento en Carlton Terrace, y todos tenemos que estar en nuestros puestos. Me habría gustado poder llevar la noticia de este gran golpe suyo. ¿No le ha dicho Altamont a qué hora vendría?
Von Bork le alargó un telegrama:
Iré esta noche sin falta con las bujías nuevas. — Altamont.
—Conque bujías, ¿eh?
—Verá, él se hace pasar por técnico de motores, y yo tengo un garaje muy bien provisto. En nuestro código, todo aquello que puede presentarse tiene el nombre de algún repuesto. Si se habla de un radiador, se trata de un acorazado; si de una bomba de aceite, es un crucero, y así todo. Las bujías son los códigos de señales.
—Enviado desde Portsmouth a mediodía —dijo el secretario, examinando la primera línea del impreso—. Por cierto, ¿cuánto le paga?
—Por este trabajo concreto, quinientas libras. Pero, por supuesto, tiene también un salario fijo.
—¡Qué granuja avariento! Estos traidores son útiles, pero me duele pagarles por su traición.