El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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—Altamont tiene muy buen gusto en cuestión de vinos, y se ha aficionado a mi tokay. Es un tipo muy susceptible y hay que seguirle la corriente en ciertas cosillas. Tengo que estudiarlo, se lo aseguro.

Habían salido de nuevo a la terraza, avanzando hasta su extremo más alejado, donde, en respuesta a un toque del conductor, el gran automóvil había empezado a agitarse y ronronear.

—Supongo que aquéllas son las luces de Harwich —dijo el secretario, poniéndose su guardapolvo—. ¡Qué tranquilo y apacible se ve todo! Pero es posible que antes de una semana se vean otras luces, y que la costa inglesa parezca menos apacible. Y tampoco los cielos estarán tan tranquilos como ahora si llega a hacerse realidad todo lo que nos promete el bueno de Zeppelin. Por cierto, ¿quién es ésa?

Detrás de ellos sólo había una ventana iluminada. En ella se veía una lámpara de pie y, junto a ella, sentada ante una mesa, había una ancianita coloradota con una cofia campesina. Estaba encorvada sobre su labor de punto, que interrumpía de vez en cuando para acariciar a un enorme gato negro que descansaba a su lado sobre un taburete.

—Ésa es Martha, la única sirvienta que me queda.

El secretario dejó escapar una risita.


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