El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Yo no digo tanto, señor mÃo, pero en alguna parte hay un chivato o un traidor, y a usted le toca descubrir dónde. De cualquier manera, yo no pienso correr más riesgos. Me las piro a la vieja Holanda, y cuanto antes, mejor.
Von Bork habÃa logrado dominar su cólera.
—Llevamos demasiado tiempo siendo aliados como para que empecemos a pelearnos precisamente en el momento de la victoria —dijo—. Ha realizado usted un trabajo espléndido y peligroso, y eso no puedo olvidarlo. Me parece muy bien que se vaya a Holanda. En Rotterdam podrá tomar un barco a Nueva York. Dentro de una semana, ninguna otra lÃnea será segura. Bien, me haré cargo de ese libro y lo empaquetaré con lo demás.
El americano aún tenÃa en la mano el libro, pero no hizo ningún ademán de entregarlo.
—¿Y qué hay de la pasta? —preguntó.
—¿La qué?
—La tela. La guita. Los quinientos papeles. A última hora, el artillero se puso de lo más chungo, y tuve que untarlo con cien dólares de más, porque, si no, nos deja colgados. «¡Ni hablar!», me dijo, y lo decÃa en serio; pero con los últimos cien se apañó la cosa. Asà que, entre pitos y flautas, el asunto me ha salido por doscientas libras, conque no piense que se lo voy a entregar sin recibir mi tajada.
Von Bork sonrió con cierta amargura.