El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Verá, señor, es esta casa tan solitaria y silenciosa, y esa cosa rara de la cocina… Y cuando usted golpeó la ventana, creà que eso habÃa vuelto.
—¿Qué habÃa vuelto quién?
—El diablo, o lo que quiera que fuese. Estaba en la ventana.
—¿Quién estaba en la ventana y cuándo?
—Hace como unas dos horas. Estaba empezando a oscurecer. Yo estaba leyendo, sentado en la silla. No sé qué es lo que me hizo levantar la mirada, pero ahà en la ventana habÃa una cara mirándome. ¡Y qué cara, señor! Estoy seguro de que la seguiré viendo en sueños.
—Vamos, vamos, Walters. Ésa no es manera de hablar para un agente de policÃa.
—¡Ya lo sé, señor, ya lo sé! Pero me asustó, y no sirve de nada negarlo. No era negro, ni blanco, ni de ningún otro color que yo conozca, sino de una tonalidad rara, como de arcilla salpicada de leche. Y el tamaño de la cabeza… el doble que la suya, señor. Y su aspecto…, los ojos enormes y saltones, la hilera de dientes blancos, como los de una fiera hambrienta… Le aseguro, señor, que no pude mover ni un dedo, ni recobré el aliento hasta que se apartó de la ventana y desapareció. Entonces salà corriendo y miré entre los arbustos, pero gracias a Dios no habÃa nadie allÃ.