El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes El minucioso registro de los diversos dormitorios y salas no había aportado nada. Al parecer, los inquilinos habían traído muy pocas cosas y todo el mobiliario, hasta los menores detalles, se había alquilado junto con la casa. Había mucha ropa de cama con la etiqueta de Marx & Co., de High Holborn. Un rápido intercambio telegráfico había demostrado ya que el señor Marx no sabía nada de su cliente, exceptuando que pagaba a tocateja. También había algunos objetos personales, entre ellos pipas, unas cuantas novelas —dos de ellas en español—, un revólver antiguo de percusión por aguja y una guitarra.
—Aquí no hay nada de interés —dijo Baynes, avanzando, vela en mano, de habitación en habitación—. Pero ahora, señor Holmes, quiero que vea lo que hay en la cocina.
La cocina era una pieza sombría, de techo alto, situada en la parte posterior de la casa, con un camastro de paja en un rincón, donde, al parecer, dormía el cocinero. La mesa estaba cubierta por un montón de platos sucios y fuentes con los restos de la cena de la noche anterior.
—Fíjese en eso —dijo Baynes—. ¿Qué le parece?