El Valle del terror
El Valle del terror —¡Vamos, Mac! Éste es el primer golpe de mal genio que he descubierto en usted. Bien, pues; no les leeré el folleto textualmente, ya que tan mal le parece. Pero si yo le digo que en él se relata de qué manera se apoderó de ese lugar, el año mil seiscientos cuarenta y cuatro, un coronel de los Parlamentarios; de cómo el rey Carlos permaneció oculto durante varios dÃas en el transcurso de la guerra civil, y, por último, de la visita que hizo a la casa el segundo de los Jorges, reconocerán ustedes que este edificio despierta varios recuerdos interesantes.
—No lo dudo, Holmes; pero ése no es asunto nuestro.
—¿Cómo que no? ¿Cómo que no? Querido Mac, una de las cualidades esenciales de nuestra profesión es la amplitud de ideas. El juego mutuo de las ideas y el razonamiento que une distintos puntos por lÃneas oblicuas son, con frecuencia, de extraordinaria utilidad. Usted sabrá perdonar estas observaciones a una persona que, no obstante ser un simple aficionado en las cuestiones del crimen, es también lo bastante viejo y quizá más experimentado que usted.
—Soy el primero en reconocerlo —dijo el detective cordialmente—. Confieso que usted llega a donde se propone, pero lo hace de una manera endiabladamente esquinada.