El Valle del terror
El Valle del terror —Bueno, bueno, dejaré a un lado la historia y me ceñiré a los hechos actuales. La noche pasada, y según acabo de decir, fui de visita a la casa solariega, pero no me entrevisté con Barker ni con mistress Douglas. No vi necesidad de molestarlos, aunque sà me enteré con agrado de que esa dama no parecÃa muy dolida y que habÃa despachado una cena excelente. Mi visita era de un modo especial para el bueno de Ames, con quien intercambié algunas frases amables que culminaron en darme él su permiso para que, sin decÃrselo a nadie más, pudiera yo permanecer sentado en el despacho durante algún tiempo.
—¿Cómo? ¡Con aquello! —exclamé yo.
—No, no; está ya todo arreglado. Tengo entendido, Mac, que usted les dio permiso para que lo hicieran. El despacho ha vuelto a su disposición normal, y dentro de él pasé yo un aleccionador cuarto de hora.
—¿Qué estuvo usted haciendo?
—Para no rodear de misterio un asunto sencillÃsimo, le diré que buscando la pesa de gimnasia desaparecida. Ese artefacto ocupó siempre un espacio muy importante en el criterio que yo me formé del caso. Y terminé por encontrarla.
—¿Dónde?
—¡Ah! Con eso llegamos al borde de lo desconocido. PermÃtame que avance un poco más, un poquitÃn más, y les prometo que sabrán todo lo que yo sé.