El Valle del terror
El Valle del terror —No tenemos más remedio que aceptarlo a usted con las condiciones que impuso —dijo el inspector—; pero en lo que respecta a eso de que abandonemos el caso… ¿Por qué, ¡vive Dios!, hemos de abandonar el caso?
—Por la sencilla razón, querido Mac, que no tienen ustedes ni asomo de idea del objeto que persiguen con su investigación.
—Investigamos el asesinato de mÃster John Douglas, de Birlstone.
—SÃ, sÃ; eso andan ustedes investigando. Pero no se molesten en seguirle la pista al misterioso caballero de la bicicleta. Les aseguro que no les servirá de nada.
—¿Qué nos sugiere entonces usted que hagamos?
—Yo les diré exactamente lo que deben hacer, por si ustedes quieren hacerlo.
—Bien; no tengo más remedio que decir que siempre me he encontrado con que tenÃa usted razón al final de sus raras maniobras. Haré lo que usted aconseje.
—¿Y usted, mÃster White Mason?
El detective provinciano miraba tan pronto al uno como al otro sin saber qué decir. Holmes y sus métodos eran una novedad para él. Por último, dijo:
—Bueno, lo que conviene al inspector resulta asà mismo suficientemente bueno para mÃ.