El Valle del terror
El Valle del terror —No se hace usted justicia a sà mismo. Ea, Watson, un detalle más. Wnga otra onda cerebral. Si se hubiese tratado de un libro extraordinario, me lo hubiera enviado seguramente. En lugar de eso, y antes que sus planes se malograsen, tuvo el propósito de enviarme la clave bajo sobre. Lo dice en su carta. Esto parece dar a entender que se traÃa de un libro que él creyó que no me' resultarÃa difÃcil encontrar. En una palabra, Watson: que se trata de una obra muy corriente.
—Eso que usted dice suena a cosa verosÃmil.
—Hemos reducido, pues, el campo de nuestras investigaciones a un libro grande y voluminoso, impreso a dos columnas y de uso corriente.
—¡La Biblia! —exclamé yo con tono de triunfo.
—¡Bien, Watson, bien! Pero quizá no lo suficientemente bien. Aun en el caso de que yo diese por bueno el cumplido que eso supondrÃa para mÃ, es difÃcil citar otro libro que sea menos probable que lo tenga al alcance de la mano un asociado de Moriarty que la Biblia. Además las ediciones de la Sagrada Escritura son tan numerosas, que difÃcilmente podÃa él suponer la existencia de dos ejemplares con la misma compaginación. El libro de que aquà se trata tiene que ser de un solo tipo. Ese hombre sabe de cierto que su página quinientas treinta y cuatro coincidirá exactamente con mi página quinientas treinta y cuatro.