El Valle del terror
El Valle del terror Scanlan se apeó, y McMurdo quedó de nuevo entregado a sus propios pensamientos. Había vuelto a caer la noche, y las llamaradas de los hornos de fundición, que se sucedían a cortos intervalos, crepitaban y saltaban en medio de la oscuridad. Sobre aquel fondo de intenso resplandor, negras figuras se doblaban, se estiraban, se retorcían o giraban siguiendo el movimiento de los cabrestantes y de los montacargas y al ritmo de un estrépito y de un bramar eternos.
—Así debe ser el aspecto del infierno —dijo una voz.
McMurdo se volvió, encontrándose con que uno de los policías se había trasladado a su asiento y contemplaba desde allí la ígnea desolación.
—En cuanto a eso —dijo el otro policía—, reconozco que el infierno debe de ser algo por ese estilo, aunque no creo que haya por allá abajo demonios peores que algunos que conocemos por aquí. Usted es nuevo por estos lugares, ¿verdad, joven?
—¿Y qué hay si lo soy? —contestó McMurdo con acento huraño.
—Esto nada más, señor: que yo le aconsejaría que tuviese cuidado con los amigos que elige. Yo, si estuviera en su caso, no empezaría por relacionarme con Mike Scanlan o con su cuadrilla.