El Valle del terror
El Valle del terror —¿Y qué demonios les importa a ustedes quiénes son mis amigos? —bramó McMurdo con voz que hizo que volvieran la cabeza, para ser testigos de la disputa, todos los que iban en el coche—. ¿Les pedà yo acaso consejo, o es que me creen tan mequetrefe que no puedo moverme sin él? Hablen ustedes cuando se les hable, y, por vida mÃa, que si esperan que yo lo haga, tendrán que esperar mucho tiempo.
Adelantó la cara y enseñó los dientes a la pareja, igual que perro amenazador.
Los dos guardias, hombres bondadosos y reposados, quedaron cohibidos ante la vehemencia con que habÃan sido rechazadas sus amistosas palabras.
—No hemos querido ofenderlo, forastero —dijo uno de ellos—. Fue una advertencia que le hicimos en bien suyo, en vista de que, por su manera de conducirse, demostraba usted ser nuevo en la región.
—Soy nuevo en la región, pero ustedes y sus congéneres no son nuevos para mà —gritó McMurdo con frÃa irritación—. Estoy viendo que son iguales en todas partes, entremetiéndose con sus consejos cuando nadie se los pide.
—Quizá volvamos a encontrarnos con usted sin que transcurra mucho tiempo —dijo uno de los dos guardias de PolicÃa con cara sonriente—. Si no me equivoco, usted es de los seleccionados a mano.