El Valle del terror
El Valle del terror —Las tendrá si vive usted aquà mucho tiempo. Pero me olvidaba de que es usted uno de ellos. Pronto se habrá vuelto tan malvado como los demás. Pero tendrá que encontrar otra casa de pensión, porque yo no puedo tenerlo en la mÃa. Como si ya no fuera bastante malo que uno de ellos corteje a mi Ettie, sin que yo me atreva a cortar esas relaciones, ¿voy a cargar con otro más como pensionista? ¡Le digo a usted que, pasada esta noche, ya no volverá a dormir en mi casa!
McMurdo se encontró, pues, bajo la sentencia de destierro de la casa en que vivÃa cómodamente y de la joven a quien amaba. Aquella misma noche la encontró sola en el cuarto de estar y le confesó sus cuitas.
—Lo que le digo. Su padre está empeñado en que abandone la casa. Poco me importarÃa si sólo se tratase de la habitación; pero, Ettie, es que, a pesar de que no llevo más de una semana tratándola, es ya usted para mà como el mismo soplo de vida, y sin usted no puedo vivir.
—¡Oh McMurdo, cállese! ¡No hable de ese modo! —le dijo la joven—. ¿No le he dicho ya que ha sido demasiado tarde? ¿Verdad que se lo he dicho? Hay otro hombre, y si es cierto que no le he prometido casarme con él, tampoco puedo prometérselo a nadie más.
—DÃgame, Ettie: y si yo hubiese sido el primero, ¿habrÃa sido posible que me aceptase?