El Valle del terror
El Valle del terror —Me está pareciendo, Ettie, que, si nos dejases a solas, podrÃamos nosotros dejar zanjada esta cuestión —dijo tranquilamente McMurdo—. O si le parece, mÃster Baldwin, podrÃa venir a darse un paseo conmigo por la calle. La noche es hermosa, y más allá de la próxima manzana disponemos de campo abierto.
—Le arreglaré las cuentas a usted sin ensuciarme las manos —contestó su enemigo—. Antes que haya acabado con usted se arrepentirá de haber puesto los pies en esta casa.
—No hay momento como el presente —gritó McMurdo.
—Mi momento lo elegiré yo, señor. Puede usted dejarme a mà la cuestión de elegir el momento. ¡Mire!
Se remangó súbitamente una manga de la chaqueta y mostró en su antebrazo una marca especial que parecÃa haber sido grabada allà a fuego. Era un cÃrculo con un triángulo en su interior.
—¿Sabe lo que esto significa?
—Ni lo sé ni me importa.
—Bien, ya lo sabrá. Se lo prometo. Sin darle tiempo a que envejezca mucho. Quizás Ettie pueda contarle algo. En cuanto a ti, Ettie, vendrás a buscarme de rodillas. ¿Me oyes, muchacha? ¡De rodillas! Y entonces te diré cuál será tu castigo. ¡Has sembrado, y, vive Dios, que cuidaré de que recojas la cosecha!