El Valle del terror

El Valle del terror

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McMurdo dio un empujón a la puerta de resorte del salón y se abrió paso entre la multitud de hombres que había dentro, en una atmósfera que el humo del tabaco hacía borrosa y que estaba cargada de olor a las bebidas espirituosas. El local estaba brillantemente iluminado, y los grandes espejos de pesados marcos dorados que había en todas las paredes multiplicaban la rabiosa iluminación. Varios camareros, en mangas de camisa, estaban atareadísimos en preparar mezclas de bebidas para los ociosos que rodeaban el ancho mostrador recargado de metal. En su extremo mismo, con el cuerpo apoyado en la barra del mostrador y el cigarro incrustado en la comisura de la boca formando ángulo agudo, veíase a un hombre alto, fornido y recio, que no podía ser otro sino el célebre McGinty en persona. Era un gigantón de negra cabellera, barbado hasta los pómulos y con una maraña de pelo color cuervo que le llegaba hasta el cuello de la ropa. Su cutis era moreno como el de un italiano, y sus ojos, de un color negro apagado; esto, unido a una leve bizquera, le daban un aspecto singularmente siniestro. Todo lo demás de aquel hombre: sus bellas proporciones, los finos rasgos de su cara y Ja soltura de sus maneras, encajaban bien en el trato jovial y llano que él afectaba. «Aquí tenemos —se decía cualquiera— a un individuo honrado, aunque áspero, de corazón noble, por muy tosco y descarado que parezca al hablar». Unicamente cuando fijaba en alguien aquellos sus ojos de un color negro apagado, profundos y sin remordimientos, se encogían todos, con la sensación de encontrarse cara a cara con una energía, un valor y una astucia detrás de aquella mirada que los hacían mil veces más destructores.


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