El Valle del terror
El Valle del terror McMurdo, después de fijarse bien en aquel hombre, avanzó, abriéndose camino con el codo, tan audazmente despreocupado como siempre, y se metió por entre el pequeño grupo de adulones que hacÃan la corte al poderoso mandamás, y que reÃan con estrepitosas carcajadas sus chistes más insignificantes. Los atrevidos ojos grises del joven forastero sostuvieron, impertérritos, a través de los cristales de sus gafas, la mirada que clavaron en ellos aquellos otros ojos negros terribles.
—Joven, no consigo recordar su cara.
—Soy nuevo aquÃ, mÃster McGinty.
—No tan nuevo como para no saber dar a un caballero el tratamiento que le corresponde.
—Se dice consejero McGinty, joven —dijo una voz salida del grupo.
—Lo siento, consejero. Desconozco las costumbres de esta región. Pero me aconsejaron que viniera a presentarme a usted.
—Pues ya me tiene delante. De cuerpo entero. ¿Qué opina de m�
—TodavÃa es pronto. Si tiene usted el corazón tan grande como su cuerpo y el alma tan bella como la cara, yo no pedirÃa más —dijo McMurdo.