El Valle del terror
El Valle del terror —¡Por vida de…, que tiene usted por lo menos una lengua de irlandés en esa cabeza suya! —exclamó el dueño del salón, no muy seguro de si debÃa animar al audaz visitante o permanecer encastillado en su dignidad—. ¿De modo que se digna dar su visto bueno a mi aspecto exterior?
—Desde luego —dijo McMurdo.
—¿De modo que le dijeron que viniese a visitarme?
—Asà es.
—¿Quién se lo dijo?
—El hermano Scanlan, de la logia trescientos cuarenta y uno, Vermissa. ¡A su salud, consejero, y porque nos vayamos conociendo mejor!
Alzó hasta los labios un vaso que le habÃan servido, y al ir a beberlo levantó su dedo meñique.
McGinty, que no le perdÃa movimiento, arqueó sus tupidas cejas negras.
—¡Ah, vamos! ¿Era eso? —dijo—. Tendré que estudiar el asunto con un poco más de detenimiento, mÃster…
—McMurdo.
—Con un poco más de detenimiento, mÃster McMurdo. Por aquà no tomamos a la gente a crédito ni nos creemos todo lo que se nos dice. Venga un momento conmigo a la trastienda.