El Valle del terror
El Valle del terror Había un cuartito junto a cuyas paredes se alineaban los barriles. McGinty cerró con cuidado la puerta, y luego se sentó encima de uno de ellos, mordiendo pensativo su cigarro mientras examinaba a su acompañante con aquellos ojos suyos inquietantes. Permaneció durante sus buenos dos minutos sentado y en un silencio absoluto.
McMurdo aguantó aquel examen de muy buen talante, con una mano dentro del bolsillo de la chaqueta y retorciéndose el moreno bigote con la otra. McGinty se inclinó de pronto y sacó un revólver de aspecto siniestro, diciendo:
—Escuche, bromista. Si yo llego a creer que usted nos la quiere pegar de alguna manera, le quedaría poco tiempo para arrepentirse.
—¡Sí que es esta una acogida extraña para ser dada por el gran maestre de una logia de Hombres Libres a un hermano forastero! —le contestó McMurdo con cierta dignidad.
—Eso es precisamente lo que usted tiene que demostrar que es —le dijo McGinty—. ¡Y que Dios le ayude si no lo consigue! ¿Dónde lo iniciaron?
—En la logia veintinueve, de Chicago.
—¿Cuándo?
—El veinticuatro de junio de mil ochocientos setenta y dos.
—¿Gran maestre?