El Valle del terror
El Valle del terror —Los nubarrones son oscuros —contestó Baldwin.
—Pero se iluminarán para siempre.
—Lo juro.
Ambos hombres bebieron, e idéntica ceremonia tuvo lugar entre Baldwin y McMurdo.
—Bien —dijo McGinty, frotándose las manos—; se acabaron los malos quereres. Si las cosas siguen adelante, usted estará sometido a la disciplina de la logia, que, como el hermano Baldwin lo sabe, tiene por esta región la mano pesada. Pronto lo verá, hermano McMurdo, si es que busca lÃos.
—Le aseguro que me miraré bien antes de hacerlo —dijo McMurdo, y alargó su mano a Baldwin—. Yo me disparo pronto, pero perdono pronto. Me dicen que es cosa de mi arrebatada sangre irlandesa. Pero por mà esto es cosa acabada, y no le guardo rencor.
Baldwin no tuvo más remedio que estrechar la mano que se le tendÃa, porque el terrible mandamás tenÃa clavados en él sus ojos siniestros. Pero lo adusto de su cara daba a entender cuán poco lo habÃan conmovido las palabras del otro.
McGinty les dio a los dos unas palmadas en el hombro, exclamando: