El Valle del terror
El Valle del terror —¡Cálmese, consejero! ¡Por amor de Dios, cálmese! —exclamó, tirando de él hacia atrás.
McGinty soltó su presa, y Baldwin, acobardado y quebrantado, respirando fatigosamente y con un temblor de todo su cuerpo, como quien acaba de asomarse a mirar por encima del borde mismo de la muerte, se sentó en el barril sobre el que habÃa sido lanzado.
—Se lo ha estado buscando desde hace ya tiempo, Ted Baldwin. Y ya lo ha visto —exclamó McGinty, dilatando y encogiendo su voluminoso tórax—. Quizá piense que si una votación me echa abajo, va usted a ocupar mi puesto. La logia es quien ha de decidirlo. Pero, mientras yo sea el jefe, no toleraré que nadie alce su voz contra mà o contra mis decisiones.
—Yo no tengo nada contra usted —dijo Baldwin, palpándose el cuello.
—Pues entonces, todos otra vez tan amigos, y asunto liquidado —contestó McGinty, recuperando su áspera jovialidad.
Alargó la mano hacia el estante, agarró una botella de champaña y la descorchó.
—¡Ea! —prosiguió al mismo tiempo que llenaba tres vasos—. Hagamos el brindis de paz de la logia. Ya lo sabéis; después de este brindis no puede existir entre vosotros mala sangre. Y ahora, con mi mano izquierda en el arranque del cuello, yo le pregunto, Ted Baldwin: ¿está usted ofendido?