El Valle del terror
El Valle del terror —Yo me he ofrecido a él para que nos peleemos si cree que le he perjudicado —dijo McMurdo—. Si no le agrada que nos peleemos con los puños, pelearé como él prefiera. Y ahora, consejero, pongo el asunto en sus manos para que juzgue y sentencie como gran maestre que es.
—¿De qué se trata, entonces?
—De una joven. Ella es libre de elegir entre nosotros dos.
—¡Ah!, ¿s� —gritó Baldwin.
—Yo dirÃa que lo es, tratándose de dos hermanos de logia —afirmó el mandamás.
—¡Oh! ¿Porque usted lo manda?
—Porque yo lo mando, Ted Baldwin —dijo McGinty, clavando en Baldwin una mirada dañina—. ¿O es que tú te rebelas?
—¿De modo que desaira usted a un hombre que le ha sido leal durante cinco años, y lo hace en favor de un hombre al que hasta ahora no ha visto en su vida? Jack McGinty, no es usted gran maestre para toda la vida, y, ¡vive Dios!, que la próxima vez que haya que votar…
El consejero saltó hacia él como un tigre, sus manos se cerraron alrededor del cuello de Baldwin y lo tiró con violencia hacia atrás, encima de uno de los barriles. Era tal su furor, que lo habrÃa ahogado si McMurdo no hubiese intervenido.