El Valle del terror
El Valle del terror —¡Por vida de…! —exclamó—. Hace muchos años que no se nos viene a la mano un encoge-corazones como este hombre. Espero que la logia tenga motivos de estar orgullosa de usted. Bien: ¿qué diablos queréis vosotros ahora? ¿Es que no puedo yo hablar cinco minutos con un caballero sin que vengáis a interrumpimos?
El camarero del mostrador se quedó acobardado.
—Lo siento, consejero; pero se trata de mÃster Ted Baldwin. Dice que necesita hablarle ahora mismo.
El mensaje sobraba, porque por encima del hombro del camarero asomaba la cara, resuelta y cruel, del mismo Baldwin. Sacó fuera de un empujón al camarero del mostrador y cerró tras él la puerta.
—De modo que se me ha adelantado, ¿verdad? —dijo, dirigiendo a McMurdo una mirada feroz—. Consejero, tengo que decirle a usted unas palabras acerca de este individuo.
—Pues entonces dÃgalas aquà y ahora mismo, en mi propia cara.
—Las diré cuando me parezca y a mi manera.
—¡Vaya, vaya! —dijo McGinty, bajando de su barril—. Esto no puede ser. Tenemos aquà a un nuevo hermano, Baldwin, y no está bien que lo recibamos de esta manera. ¡Alárguele la mano, hombre, y hagan las paces!
—¡Nunca! —gritó Baldwin, furioso.