El Valle del terror
El Valle del terror —¡No me diga! —McGinty los expuso a la luz en su enorme manaza, tan hirsuta como la de un gorila—. No descubro ninguna diferencia. ¡Por vida de…!, que estoy pensando en que será usted un hermano de gran utilidad. Amigo McMurdo, entre nosotros hay sitio para un par de hombres malos, porque hay momentos en que no tenemos más remedio que atacar. Si no devolviéramos el empujón a quienes nos empujan, pronto nos verÃamos pegados a la pared.
—Me creo capaz de hacer mi parte junio a los demás muchachos en eso de empujar.
—Parece usted hombre bien templado. Cuando le apunté con el revólver no se amilanó.
—No era yo quien estaba en peligro.
—¿Quién lo estaba, entonces?
—Usted, consejero —McMurdo sacó del bolsillo lateral de su zamarra de marinero un revólver con el gatillo levantado—. Lo estuve a usted apuntando todo el tiempo, y creo que mi dedo habrÃa sido tan rápido como el suyo en disparar.
McGinty se sonrojó de ira y estalló de pronto en una estrepitosa carcajada.