El Valle del terror
El Valle del terror Al día siguiente de aquella noche preñada de tantos y tan sensacionales sucesos, McMurdo se mudó de la pensión del viejo Jacob Shafter a la de la viuda McNamara, situada en el extremo límite de la población. Scanlan, el primer hombre con quien McMurdo había trabado relación en el tren, tuvo poco después ocasión de trasladarse a vivir en Vermissa, y ambos se alojaron juntos. No había ningún otro huésped en la casa, y la dueña era una vieja irlandesa bonachona que no se metía con ellos, de manera que disponían de una libertad de palabra y de acción muy grata a unos hombres que tenían secretos en común. Shafter se había ablandado hasta el punto de permitir a McMurdo ir a comer a su casa cuando bien le pareciera, de modo que sus relaciones con Ettie no se habían interrumpido en modo alguno. Todo lo contrario; a medida que transcurrían las semanas se iban haciendo más continuadas y más íntimas. Una vez instalado McMurdo en su nueva casa, creyó que podía sacar a la luz con seguridad los moldes de acuñar moneda. Llegó incluso, bajo juramento de guardar secreto, a permitir que cierto número de hermanos de logia fuesen a verlos, saliendo de allí cada cual con algunas muestras de moneda falsa en el bolsillo, tan hábilmente acuñadas que jamás tuvieron dificultad alguna ni peligro en hacerlas circular. El hecho de que McMurdo, disponiendo de habilidad tan maravillosa, se aviniese a trabajar, era un perpetuo misterio para sus compañeros, aunque él se cuidaba mucho de hacer comprender a cuantos se lo preguntaban que, si él viviese sin tener un medio visible de sustento, pronto la Policía se lanzaría sobre su pista.