El Valle del terror
El Valle del terror —EstarÃamos mejor sin usted, capitán Manan —le contestó McGinty con frialdad—. Disponemos de nuestra propia PolicÃa local y no nos hacen falta artÃculos importados. ¿Qué otra cosa son ustedes, sino instrumentos a sueldo de los capitalistas, alquilados por ellos para aporrear o tirotear a sus conciudadanos más pobres?
—Bien, bien; no vamos a discutir sobre eso —contestó, bonachón, el funcionario de PolicÃa—. Creo que todos cumplimos con nuestro deber, tal y como lo vemos, aunque no todos podemos verlo de la misma manera —se habÃa echado al cuerpo el contenido de un vaso y se daba media vuelta para marcharse, cuando sus ojos tropezaron con la cara de Jack McMurdo, que estaba junto a su brazo, mirándolo con ceño enfurruñado—. ¡Hola! ¡Hola! —exclamó midiéndole de pies a cabeza—. Aquà tengo un viejo conocido.
McMurdo se echó hacia atrás, y contestó:
—Yo no he sido en mi vida amigo suyo ni de ningún condenado policÃa.
—Que dos se conozcan no quiere decir que sean amigos —dijo con risa maliciosa el capitán—. Tú eres Jack McMurdo, de Chicago, sin duda alguna, y no me lo niegues.
McMurdo se encogió de hombros, y dijo:
—No lo niego. ¿Cree usted que me avergüenzo de mi nombre y apellido?