El Valle del terror
El Valle del terror McGinty se calló y recorrió la habitación con sus ojos apagados y malignos.
—¿Quién se ofrece voluntario para esa tarea?
Varios jóvenes alzaron sus manos. El gran maestre los miró con sonrisa de aprobación.
—Tú servirás, Tigre Cormac. Si lo realizas con la limpieza que realizaste el último trabajo, nada perderás. Y tú, Wilson.
—No tengo pistola —dijo el voluntario, que era nada más que un muchacho que no había llegado a los veinte años.
—Es tu primer trabajo, ¿verdad? Bien, alguna vez tienes que probar la sangre. Será un magnífico comienzo el tuyo. En cuanto a la pistola, si no me equivoco, te estará esperando. Conque os presentéis el martes, habrá tiempo suficiente, y cuando estéis de vuelta se os dará una recepción grandiosa.
—¿Hay en este caso algún premio? —preguntó Cormac, que era un joven fornido, de cara morena y de expresión brutal, habiéndose ganado por su ferocidad el apodo de Tigre.
—No te preocupes de la recompensa. Actúa por el honor que hay en ello, y quizá cuando hayas realizado el trabajo queden algunos dólares en el fondo de la caja.
—¿Qué es lo que ha hecho el tal individuo? —preguntó el joven Wilson.