El Valle del terror
El Valle del terror El alma criminal de McMurdo parecÃa haberse impregnado ya del espÃritu de la miserable sociedad a la que ya pertenecÃa, y contestó:
—Me gusta mucho. Éste es un lugar a propósito para un hombre de pelo en pecho.
Varios de los que estaban sentados cerca oyeron sus palabras y las aplaudieron.
—¿Qué ocurre ah� —gritó el gran maestre de negras guedejas desde el extremo de la mesa.
—Es nuestro nuevo hermano, señor, que dice que nuestros procedimientos son de su gusto.
McMurdo se puso en pie.
—Diré, si se me permite, venerable maestre, que, si se necesita un hombre, considerarÃa como un honor que la logia me eligiese.
Esas palabras despertaron grandes aplausos. Todos tuvieron la sensación de que un nuevo sol asomaba su cerquillo por el horizonte. Algunos de los de mayor edad opinaron que lo hacÃa con excesiva rapidez, y el secretario, Harraway, viejo de barba gris y cara de buitre, que se hallaba sentado junto a la presidencia, dijo:
—Propongo que el hermano McMurdo espere a que la logia tenga a bien darle trabajo.
—SÃ, eso es lo que yo querÃa decir. Estoy en vuestras manos —dijo McMurdo.