El Valle del terror
El Valle del terror Hubo un murmullo de conformidad y más de un juramento mascullado. McGinty sacó del bolsillo del chaleco una hoja de papel.
—Justicia y orden. Así es cómo lo titula. «El terror reina en el distrito del carbón y del hierro. Han transcurrido doce años desde que los primeros asesinatos demostraron la existencia entre nosotros de una organización criminal. Desde entonces hasta hoy no han cesado esos crímenes, habiendo llegado ya a un punto tal, que nos convierten en el oprobio del mundo civilizado. ¿Para llegar a esto es para lo que nuestro gran país acoge en su seno a los extranjeros que huyen de los despotismos de Europa? ¿Es para que ellos mismos se conviertan en tiranos de los hombres que les han dado cobijo y para que un estado de terrorismo y criminalidad se establezca a la sombra de los pliegues sagrados de la bandera estrellada de la libertad, un estado de terrorismo que produciría horror en nuestras almas si leyésemos que existía bajo la más podrida monarquía del Oriente? Los hombres son conocidos. La organización está a la vista del público. ¿Hasta cuándo habremos de soportarla? ¿Podemos vivir eternamente…?». Bien, creo que ya he leído bastante de esta basura —exclamó el presidente, tirando el periódico encima de la mesa—. Eso es lo que dice de nosotros; y ahora os pregunto yo: ¿qué es lo que tenemos que responder?