El Valle del terror
El Valle del terror —¡Maldición!, ¿quién eres para entremeterte, tú, que acabas de entrar en la logia? ¡Atrás! —levantó su garrota, pero McMurdo habÃa sacado su revólver del bolsillo de la cadera, y gritó:
—¡Atrás, tú! Si me tocas, te vuelo la cabeza. En cuanto a la logia, ¿no nos dio el gran maestre la orden de que no habÃa que matarlo? ¿Qué estás haciendo tú sino matarlo?
—Eso es verdad —exclamó otro de los atacantes.
—¡Eh, los de arriba, daos prisa! —gritó el hombre que estaba en la planta baja—. Todas las ventanas se están iluminando y dentro de cinco minutos se os vendrá encima la población entera.
OÃanse, desde luego, gritos en la calle, y en el vestÃbulo de la planta baja se estaba formando un pequeño grupo de tipógrafos, animándose para entrar en acción. Dejando el cuerpo inmóvil y fláccido del director en lo alto de la escalera, los criminales bajaron corriendo y se alejaron rápidamente por la calle. Al llegar a la casa de La Unión, algunos se mezclaron con la gente que habÃa en el salón de McGinty, anunciando entre cuchicheos al mandamás, que se hallaba del lado de dentro del mostrador, que el trabajo habÃa quedado cumplido satisfactoriamente. Otros, entre los cuales se contaba McMurdo, se alejaron por las calles laterales, y llegaron hasta sus casas dando rodeos.