El Valle del terror
El Valle del terror Era ya casi medianoche, y la calle estaba desierta, aparte de uno o dos noctámbulos que marchaban camino de su casa. El grupo cruzó la calle. Abriendo de un empujón la puerta de las oficinas del periódico, Baldwin y sus hombres se abalanzaron dentro y subieron la escalera que tenían delante. McMurdo y el otro se quedaron abajo. Se oyó en la habitación de arriba un grito que pedía socorro, y luego ruido de pies que pateaban y de sillas que caían. Un instante después salió corriendo al descansillo de la escalera un hombre de cabellos grises. Antes que pudiera escapar se apoderaron de él, y sus gafas cayeron con sonido metálico a los pies de McMurdo. Se oyó un golpe y luego un gemido. El hombre había caído boca abajo, y una media docena de bastones chocaron entre sí al ser descargados sobre su cuerpo. Se retorció, y sus miembros, largos y delgados, temblaron bajo los golpes. Por fin suspendieron los demás la paliza, pero Baldwin, con una infernal sonrisa en su cara cruel, descargaba golpes sobre la cabeza del anciano, que procuraba inútilmente resguardársela con los brazos. Sus cabellos grises estaban moteados de manchas de sangre. Baldwin seguía inclinado sobre su víctima, descargando golpes cortos y malintencionados en cuanto alguna parte de la cabeza quedaba al descubierto, pero McMurdo corrió escalera arriba y lo apartó de un empujón.
—Lo estás matando. ¡Déjalo ya! —le dijo.
Baldwin le miró atónito, y gritó: