El Valle del terror
El Valle del terror La reunión se dispersó entre gritos, alaridos y cantos de borrachos. El bar se hallaba todavía concurrido por gente juerguista, y muchos hermanos se quedaron allí. La pequeña cuadrilla señalada para llevar a cabo la tarea salió a la calle, y fue caminando en grupos de dos y de tres por la acera a fin de no llamar la atención. La noche era de un frío crudo, con la luna en cuarto creciente brillando en un firmamento helado y salpicado de estrellas. La cuadrilla se detuvo y se reunió en un patio frontero a un alto edificio. Las palabras Vermissa Herald lucían en letras de oro entre las ventanas iluminadas. Llegaba desde el interior el traqueteo de la máquina de imprimir.
—Tú —dijo Baldwin a McMurdo— te quedarás aquí abajo junto a la puerta cuidando de que tengamos libre el camino. Arthur Willaby puede quedarse contigo. Vosotros, los demás, seguidme. No tengáis miedo, muchachos, porque disponemos de una docena de testigos para testimoniar que en este mismo instante nos encontramos en el bar de la Unión.